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martes
Revivir el pasado
sábado
La Travesía Del Desierto
Muchas veces después de la planificación y de la motivación del comienzo y con el proyecto ya en marcha hay que afrontar la travesía del desierto, una travesía por un terreno impredecible y aparentemente baldío lleno de vacas flacas. Se ha de contar con esa travesía que forma parte del proceso.
Una situación incómoda y a veces necesaria donde hay que adaptar la realidad al cliente o al sistema de ventas partiendo de la idea original creando las condiciones necesarias para cubrir todos los costes de forma holgada y evitar así esa sensación de trabajar para otros.
La travesía irá quedando atrás con el tiempo junto con momentos de duda e incertidumbre, los imprevistos y las dificultades se irán superando y servirán para madurar el proyecto, establecer nuevas estrategias, atraer clientes y apoyos o para sacar conclusiones que a la postre darán paso al éxito y propiciarán una fuerza imparable. Porque cuando se atraviesa un desierto ya nada te detiene.
En el mundo de los negocios esta travesía puede verse como un reto más que se ha de superar para que aquellos emprendedores con determinación sigan adelante. Porque si hacer negocios fuera sencillo todo el mundo haría negocios.
Una idea genial puede quedar atrapada en un desierto y desecharse: J.K. Rowling cayó en depresión y pensó en el suicidio, se quedó sin empleo viviendo de subvenciones mientras escribía en cafeterías pero con determinación decidió salir de aquella situación y siguió adelante con su proyecto de "Harry Potter"
O Edison que en su travesía del desierto particular no desfalleció, a pesar de sus mil intentos fallidos salió victorioso con su bombilla incandescente comercialmente viable.
Mientras haya fe se mantendrá viva la idea y la promesa de éxito y riquezas más allá, como en la travesía del desierto de los israelitas buscando la tierra prometida o como aquellos pioneros en su búsqueda de fortuna que se toparon con territorios desconocidos y hostiles. pixabay image
miércoles
La Obsolescencia Programada
Parece un secreto a voces eso de que la obsolescencia programada forma parte de un acuerdo vigente entre fabricantes que hace buena la frase que se propagó a principios del siglo XX: "Un producto que no se desgasta es una tragedia para los negocios."
Se obliga así a los consumidores a adquirir el producto nuevo del mismo fabricante o de la competencia o bien a entrar en una dinámica de reparaciones fomentando el consumo y el empleo de una forma discutible: ¿Es ético diseñar un producto para que falle?
La expresión "obsolescencia programada" la acuñó en Estados Unidos en 1.932 en plena Gran Depresión el broker inmobiliario Bernard London, que publicó un informe "Ending the depression through planned obsolescense" con el fin de estimular el consumo. El concepto tomó forma y encajó con otros como "producción en masa" o "crecimiento económico" hoy considerados claves para el desarrollo de los países.
Los antecedentes sobre la durabilidad de los productos se remontan a principios del siglo pasado en la industria de automoción. Los vendedores generaban cierta insatisfacción entre los posibles clientes al comparar el coche que llevaban con el último modelo que les querían vender.
La obsolescencia programada tiene partidarios y detractores, entre los partidarios están los que piensan que los consumidores ya no valoran tanto la duración del producto como la tecnología que ofrece favoreciendo así aspectos tan importantes como el desarrollo tecnológico o la innovación.
Empresas y fabricantes incitan al consumo y seducen a través de campañas de marketing o de atractivos diseños hablando de libertad y de felicidad. Reconocen necesidades y emociones y colocan un chip al producto para que deje de funcionar.
Pero el afán consumidor no debería tener nada que ver con la felicidad cuando se abusa de los recursos naturales o se maltrata el planeta.
Cuando se fabricaron las primeras bombillas duraban demasiado para lo que tenían que durar en una sociedad de consumo, las primeras medias de nylon eran prácticamente irrompibles, los automóviles o los electrodomésticos de mediados del siglo XX duraban el doble que los actuales y así los llamados bienes duraderos cada vez duran menos a costa de nuestro planeta.
Ahora que mi impresora ha dejado de funcionar quizás porque ya ha pasado el tiempo calculado de antemano por el fabricante para que se estropee o para que se vuelva inservible, me pregunto: ¿Es contradictoria la fabricación de productos sin vida útil planificada con la sostenibilidad, con los negocios o con el empleo?.
La durabilidad existe pero no interesa así que por ahora me conformaré con la garantía del producto y con los derechos que me asisten como consumidor.
A veces veo por AQUÍ en tiempo real esa bombilla centenaria funcionando en un parque de bomberos de California que tiene instalada una webcam...
